Un atasco. Lo que le faltaba para culminar una semana intensa, larga
y tediosa, como todas las de este mes de junio, que es el mes de la
presentación de la nueva temporada a los clientes.
Cuando empezó en esto de los cortinajes, manteles y sábanas tenía
que transportar y arrastrar de cliente en cliente las cajas y baúles con
el muestrario; y eran más de 60 artículos distintos. Ahora no; ahora las
cosas habían cambiado: montaba show-room, en algún céntrico hotel de
la ciudad y eran los clientes los que iban a él.
Sólo faltaba ese atasco; el atasco estaba dando la última vuelta de
tuerca a un mes horrible (menos mal que los pedidos habían sido muy por
encima de la previsión; lo que no estaba previsto era este monumental
atasco.
Estaba todavía a unos 30k de Sevilla y circulaban muy despacio.
En el arcén, una joven con aspecto pulcro, parecía como estar
haciendo auto-stop, aunque sin gesticular mucho; él, al llegar a su altura
bajó el cristal del acompañante y le preguntó:
¿Quieres que te lleve...?
Ella no se lo pensó. Iniciaron una conversación banal, pero que al poco
ella empezó a derivar en “picantona” y empezó a tontear, a crear un
ambiente de seducción...
Pero Paco, que era lo que denominaríamos un “madurito muy
interesante” no quiso entrar en el juego. Él, que de cualquier agujero
hacía trinchera... Pero es que el atasco le estaba quitando las ganas de
todo.
Ella siguió insistiendo.
De haber sido un martes, miércoles o incluso jueves, le habría seguido
el juego y no la habría salvado ni la Guardia Civil. Pero era viernes,
estaba cansado y sólo le apetecía llegar a casa...
Ella seguía insistiendo, insistiendo; él se arrimó al arcén, le abrió la
puerta y le dijo que saliera. Ella se resistía, pero al final, casi
empujándola, la sacó del coche.
Llegó a casa y, al entrar, lo primero que vio fue a su suegra, que
estaba de visita; por suerte para él, ya se estaba yendo.
Luisa, su mujer, casi sin saludarle le dijo:
- ¿Paco, por qué no llevas a mamá a su casa?
Sabía que no era una pregunta. Era una orden. En el coche, camino de
casa de su suegra, un sudor frío le recorrió por la espalda: a los pies de
su suegra había un zapato de mujer.
- Seguro que es de aquella chiquilla cuando la saqué del coche.
Solo se le ocurrió una cosa; decirle a su suegra:
- Mire mamá, aquel niño es clavado a nuestro Miguelito
- ¿Dónde?
4- Ahí detrás
Mientras se giraba la suegra para ver a ese niño, Paco agarró el
zapato y lo echó fuera por su ventanilla. Al llegar al portal de casa de la
suegra, ésta no acababa de bajar del coche. Y Paco le espetó:
- Venga mamá, que estoy muy cansado, es tarde y me quiero ir a
casa.
- Espera hijo, lo sé, pero ¿te puedes creer que no encuentro mi zapatio?








