12 febrero 2026

PRIMER RELATO PARA EL AULA DE ESCRITORES


EL MAESTRO VA DE COMPRAS


Mediados del siglo pasado. 

El desigual y sempiterno conflicto con el gigante chino

acabó finalmente arrasando su tierra

como un fuego sin alma.

Fueron tiempos duros,

crueles,

sangrientos: 

templos destruidos, 

aldeas abandonadas,

vacías, 

Maestros caídos, 

discípulos dispersos…

Casi sin saber cómo, él logró ponerse a salvo, y se aplicó aquello que tantas veces había predicado:

“Cuando la montaña se rompe, el río no lucha… busca otro camino.”

Y así, con lo mínimo imprescindible en un hatillo, 

abandonó lo que quedaba de su monasterio,

de su casa,

de su nación.

Cruzó fronteras por tierra y por mar, 

escuchando y tratando de aprender,

o al menos comprender, 

decenas de lenguas, 

intentando pasar siempre de lo más desapercibido, 

cosa nada fácil.

Se detuvo finalmente en una región inhóspita, fría, 

que resultó ser de inviernos largos y crudos. 

Calculó, según un calendario que no era el suyo, 

que transitaba por el mes de febrero.

Ya llevaba deambulando de acá para allá más de un año.

Antes de llegar a lo que se le antojó una pequeña aldea 

descubrió entre montículos de nieve acumulada y maleza 

los restos de lo que en su día debió ser una caseta auxiliar. 

Destartalada, parecía estar abandonada 

y en un lamentable estado.

Y ahí se instaló.

No vio a nadie.

Nadie le vio.

Tardó varios días en dejarse ver por la aldea.

El venerable anciano Hamasu na kangaeru 

(Piensa, no hables... para los que no domináis el tibetano) 

era Gran Maestro en todo tipo de artes marciales 

y del Kung Fu en particular, 

Todavía seguía vistiendo sus ropas tradicionales 

a pesar del crudo invierno: 

túnica granate,

sin ningún distintivo, 

sandalias, 

y su inseparable bastón de madera.

Con el poco dinero que aún le quedaba, 

pensó en acercarse a la aldea para comprar algunos clavos 

con los que así poder acabar de reparar su maltrecho habitáculo.

A paso lento y tranquilo, 

y en medio de una gran ventisca de nieve, 

se dirigió hacia la aldea que,

como casi todas las de ese estilo en esa época, 

agrupaba en el STORE 

alimentos, 

ropa, 

enseres 

y materiales diversos.

Entró. 

Solo necesitaba algo simple: 

Unos clavos.

Nada más.

El local estaba lleno. 

Dos dependientes hablaban detrás del mostrador. 

Los clientes merodeaban por todos los rincones del local 

tratando de encontrar aquello que les había llevado hasta allí.

Cuando Hamasu na kangaeru entró, 

fue como si el tiempo se hubiera detenido.

Se hizo el silencio.

Duró poco...  enseguida llegaron las bromas, la sorna y las risas.

  • Ahí va, un Hare Krishna, dijo el dependiente más joven.

  • No hombre no, que esos van de naranja y con musiquita de platillitos, 

le respondió el otro...

  • A lo mejor es uno de esos monjes saolín de las películas en Cinemascope que ponen ahora... 

se apresuró a decir uno de los clientes.

  • Lo que sí es, es un crack: como estamos en febrero, 

el vagabundo este se ha creído que ya es carnaval... 

soltó en tono de burla otro cliente.

Hamasu na kangaeru caminó despacio. 

Cada paso era firme, tranquilo, sereno.

“El que camina en paz no tropieza con el ruido del mundo.”

Se acercó al mostrador.

  • Buenos días, 

dijo de un modo casi entendible, con voz suave. 

  • Necesito clavos

Los dependientes se miraron y sonrieron.

  • ¿Clavos para hacerte un colchón? dijo el dependiente más joven. 

  • No hombre, no, que eso lo hacen los faquires en la India, 

le dijo riendo el otro. 

  • ... éste tiene más pinta de “kungfunero”, 

se atrevió a proclamar uno de los clientes

Más risas por el local,

más burlas.

más provocaciones.

  • Eh, tu, maestro del Kung Fu, le gritó un cliente 

¿por qué no nos haces una demostración, 

una kata de esas, o como diablos se llame? 

  • Enséñanos como partes este tronco, 

  • ...de un solo golpe 

  • ...y con el canto de tu mano, dijo otro.

Hamasu  na kangaeru no dijo nada.

Seguía de pie, frente al mostrador, 

con los dos dependientes que no le quitaban ojo de encima.
Respiró.

Lento.
Profundo.
Silencioso.

“El que se enoja pierde. El que domina su mente, gobierna mil batallas.”

Pidió los clavos otra vez, 

con calma.

  • Necesito clavos de acero. 

  • Medianos.

El dependiente más joven, en tono burlón, tiró una caja sobre el mostrador.

  • Aquí tienes... sensei.

Cuando el maestro tomó la caja, ésta se abrió

y todos los clavos cayeron, desparramándose sobre el mostrador

y por el suelo del STORE.

Risas.

Carcajadas.

Vítores.

Silbidos.

  • Muy hábil, lo que se dice muy hábil no es que lo seas tu, chinito

se te han caído todos, 

dijo uno socarronamente.

Sin pronunciar una palabra

Sin un mal gesto

Hamasu na kangeru  se agachó lentamente

y empezó a recogerlos.

Uno a uno.

Sin prisa.
Sin enojo.
Sin orgullo.

Los clientes seguían riendo 

hasta que algo empezó a cambiar
porque... el venerable maestro no solo recogía los clavos;

los ordenaba.

Por tamaño.

Por forma.

Por peso

Con movimientos suaves, precisos, perfectos.

Su respiración era profunda.

Su postura, estable

Su presencia… pesada.

El ruido empezó a menguar.

El silencio empezó a crecer.

Uno de los clientes susurró:

  • ¿Te has fijado en cómo se mueve?.

Los dependientes dejaron de reír. 

Los clientes ya solo miraban embelesados

Cuando terminó, 

todos los clavos estaban perfectamente alineados... 

y ordenados sobre el mostrador.

Lentamente se puso de pie.

Miró a los dos vendedores.

Y dijo, con voz tranquila:

“El hombre que necesita humillar a otro, ya está derrotado por dentro.”

Silencio total.

Fue él quien lo rompió, con su voz atenuada:

“La violencia no es fuerza. El respeto no es debilidad.”

Los dependientes bajaron la mirada.

Nadie se rió.

Nadie habló.

Pagó los clavos.

Tomó su caja.

Se inclinó levemente en señal de respeto.

Y les dejó su última reflexión:

“El tigre no ruge frente a los insectos. Simplemente camina.”

Se dio la vuelta.

Caminó hacia la puerta.

La abrió.

La campanita sonó suavemente.

Salió.

La campanita volvió a sonar suavemente.

Tras él quedó un local lleno de gente en silencio, asombrados…
...y dos vendedores humillados, 

derrotados,

sin que nadie les hubiera tocado un solo pelo.

Porque el verdadero poder no golpea...

“… el verdadero poder permanece en calma”.

TXABI